lunes, septiembre 11, 2006


Amor de madre

Nunca he sido muy paciente con los niños. Es un defecto que tengo. No soporto ver a un niño pequeño haciendo una pataleta. Si veo un chamín contestándole feo a su mamá, me provoca agarrarlo y torcerle el pescuezo. Y si oigo a un niño llorando, empiezo a desesperarme. Qué hace uno, mi paciencia es escasa con los niños. Ojo, me aguanto. Ni les grito, ni les pego ni nada; me calo mi procesión por dentro.

Algo así me tuve que calar hace unos días, cuando estaba agarrando el metrobús para ir a mi trabajo. Una muchacha joven —no más de 25 años de edad— llevaba en brazos una niña que no tendría más de tres años. A medida que la cola para abordar el metrobús se acortaba, la niña lloraba más y más. Se movía desesperada en brazos de su mamá, que la mecía y le hablaba con suavidad mientras le sonreía.

Yo iba justo detrás de ellas; el llanto de la niña me traía crispado y con el escroto bien fruncido. Volvía la cabeza a cualquier otro lado con tal de oír al menos 10 decibeles menos de llanto y grito pero qué va, la cosa fue al revés. A medida que nos acercábamos a la puerta del metrobús, la niña se desesperaba más y súbitamente sus gritos subieron una octava y se hicieron mucho más agudos y penetrantes. Estaba en el punto justo en que los perros la escuchan mejor que uno.

Abordamos el metrobús. La niña se revolvía enloquecida en los brazos de su mamá, sus gritos se oían en dos cuadras a la redonda. ¿Yo? Con el almuerzo bailándome reggaetón en el estómago y a punto de decirle a la muchacha que buscara el modo de hacer callar a su hija. ¿La madre? Meciendo a su niña y hablándole con dulzura.

Llegué a un punto en que pasé de la molestia a la resignación. “A lo mejor llora porque tiene cólico. De repente le tiene miedo al metrobús o se siente mal por la manera como se mueven los autobuses”, pensé. Traté de buscarle explicaciones a la manera de llorar que tenía la niña. Así yo bajaba mi propia molestia y de paso buscaba algo que me hiciera distraer mi atención de los berridos de la chama.

Pero el que dijo que madre hay una sola sabía lo que decía. La muchacha se sentó, abrió el bolso en el que cargaba las cosas de la niña, sacó un tetero lleno con agua o suero (era un líquido transparente) y se lo dio a la niña. Santo remedio. Se lo tomó y se tranquilizó al instante.

Yo veía aquello y mi asombro crecía. Hasta que caí en cuenta de que ese es el tipo de soluciones que sólo una madre puede hallar, justamente por ser madre y conocer a sus retoños. La niña se tomó su tetero y su madre seguía hablándole con la misma ternura. Al terminar, la chica guardó el tetero vacío, le dio un beso a su hija y la abrazó sin dejar de sonreírle.

Sin comentarios. Madre hay una sola… y cómo rinde.

miércoles, septiembre 06, 2006


Cambio de Cara

He aquí la nueva cara de mi casa, señores. En los próximos días reinsertaré los links de ustedes, así como la pizarrita. ¿Qué opinan?